martes, 11 de noviembre de 2008

De cementerios y ñatitas


Llega el día de todos los Santos. Hasta aquí han penetrado las costumbres americanas y por supuesto hay noche de Halloween con críos gritones y pedigüeños pertrechados con tridentes, gorros de bruja y máscaras de Scream. Pero si quieres una ración de pelos de punta, emoción y miedo de verdad , acompañados de tradición y sabiduría milenarias puedes pasar tranquilamente de estas gringadas prefabricadas Made in Hollywood. Basta con acercarse a cualquiera de los cementerios públicos de La Paz o El Alto.




Tras más de ocho años sin pisar un cementerio español, de repente durante dos fines de semana de Noviembre éstos adquieren un atractivo insospechado. El parque idílico donde pasear la resaca los Domingos. Primera ración, día de Todos los Santos, cementerio de El Alto. Una multitud se agolpa entre las lápidas, comiendo, bebiendo y celebrando el recuerdo de sus seres queridos. Mausoleos de figuras de pan conmemorativas llamadas antawawas, bandas de morenada y cumbia tocando desenfrenadas en honor al difunto que adoraba esa música. Niños cargados de sacos rezan oraciones a los muertos a cambio de trozos de pan y de vino. Las cholitas orinan disimuladamente al lado de las tumbas. Todo es fiesta y celebración. Una romería en el cementerio. Hay que ayudar al muerto durante los tres primeros años a alcanzar el Illimani , el monte sagrado y a volver cada año para que su espíritu pueda seguir ayudando a la familia. Después podrá descansar en paz.



Segundo capítulo. Sábado siguiente, el día de las "ñatitas". Intrigados e incrédulos ante lo que nos contaban acudimos al cementerio Municipal de La Paz. Y en efecto ahí están cientos de paceños con sus "ñatitas" o cráneos humanos de sus seres queridos y desenterrados a los pocos meses de su muerte. Los corredores del cementerio se convierten en un desfile macabro e irreal de calaveras ante las que los aimaras se inclinan para cubrir de flores y oraciones. Ataviadas de gorros andinos, gafas de sol y con hasta cuatro cigarros encendidos y prendidos de las desdentadas mandíbulas, las siniestras calaveras conviven con sus familiares. Y de repente te enteras asombrado que al reluciente cráneo al que estás rezando se llamaba en realidad Victoriana y que le encantaba bailar morenada, y también los cigarrillos Derby oiga. ¿No tendría el gringuito un cigarrillo para Victoriana? E incrédulo te ves encendiendo un Derby y plantándoselo en los morros a la calavera. Más tarde hablas con un paceño que preside orgulloso tres ñatitas cubiertas de flores, dos de ellas diminutas. Son sus hijas muertas a 3 y 18 meses respectivamente. La tercera pertenece a un joven estudiante y la ha adquirido en el mercado negro. Debe servir mediante oraciones a su propio hijo para terminar la carrera. Quinientos años de catolicismo no han servido para borrar las costumbres indígenas sino para fundirlas en un sincretismo espectacular. ¿Qué está bien, qué está mal? ¿Qué es barbarie? Nuestros ceremonias católicas , santuarios de la pena. ¿O el niño de la foto que descansa placidamente junto a la calavera de su abuela carcomida por el tiempo?. Ni idea.



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